Medio siglo hablando con signos

Un libro y una exposición antológica itinerante rinden homenaje a Alberto Corazón.
El pionero del diseño gráfico en España cuenta con 50 años de trayectoria.
Uno se sienta delante de una cerveza y de Alberto Corazón con la intención de hablar de logotipos, carteles, anagramas, pictogramas y señales y acaba discutiendo sobre psicología, sociología, economía, epistemología y fenomenología de la percepción. A Alberto Corazón, que hace 50 años empezó a ser cocinero antes de convertirse en el gran fraile del diseño español, le das un chusco de pan y te monta unas bodas de Caná, le hablas de un perrillo abandonado y te hace un mundo. Como suele ocurrir con otros colegas de oficio (Mariscal, Mariné, Satué...) todo con él resulta bastante más complejo de lo que parecía, y para seguir su discurso, plagado de referencias, enfoques y datos, hay que andar listos.
Así que cuando toca revisar lo pensado, lo proyectado, lo dicho y lo hecho a lo largo de medio siglo de trayectoria creativa (1963- 2013), en realidad toca hablar de un sinfín de cosas más allá de una mesa de dibujo, un pantone de colores y un ordenador. Un libro de 320 páginas diseñado por el propio interesado y titulado Trabajar con signos, y una exposición antológica itinerante que acaba de arrancar en el Palacio del Almudí de Murcia antes de viajar a México DF, Tokio y Madrid, rinden tributo al trabajo incansable del padre de una interminable lista de reconocibles identidades gráficas: ministerios (MOPU), universidades (Salamanca, Murcia, Complutense), instituciones culturales (Círculo de Bellas Artes, Teatro de la Zarzuela, María Guerrero, Casa del Lector), gobiernos autonómicos (La Rioja, Extremadura), empresas públicas (Paradores, Once), transportes (Cercanías Renfe), festivales (Festival de Otoño), fundaciones (César Manrique), editoriales (Anaya), paquetes de tabaco (Ducados)... o, en otras palabras, medio siglo de la historia de un país contado a golpe de signos.
En el momento del balance, Alberto Corazón, que escapa como de la peste de cualquier atisbo de nostalgia, no elude el recuento de recuerdos. Y a través de alguno de ellos explica lo que considera la esencia de su oficio, que se sitúa en la funcionalidad de las cosas. "La funcionalidad de verdad es la simbólica, porque es la que nos permite ir renovando sistemáticamente el repertorio de signos y de objetos que nos rodea. O sea, una silla de Mies van der Rohe no es más funcional que una normal que podamos comprar en una tienda, pero tiene una carga simbólica mucho más fuerte", comenta.
Esa carga simbólica, subyacente o no, guarda estrecha relación con la inquietud y los miedos que algunos diseñadores gráficos de la España de los 60 y de los 70 -como él mismo- lograban sembrar entre los ímprobos funcionarios de la censura franquista, que algo se olían sin saber bien qué. "En el final del franquismo los censores siempre sospechaban que algo había en nuestros diseños gráficos, que había otro mensaje además del evidente. Y ellos no lo detectaban, pero se ponían de los nervios porque sabían que se les estaba intentando colar algo".
Y esa carga simbólica guarda relación, si hablamos no ya de la historia reciente sino del presente furioso, con cosas como lo que somos y lo que somos en el contexto del entorno, del consumo, del reclamo, de los sentidos.
Dará igual el barniz ideológico que se le quiera dar, y eso comprende el arco que va desde el marxismo de salón al ultraliberalismo apisonador: hace ya muchos decenios, por lo menos cuatro, que lo queremos todo y en todo momento en las sociedades del hiperconsumo. Pero los arquitectos de signos, logotipos, pictogramas, anagramas e identidades logran que lo queramos con más o con menos intensidad. Vaya, que en gran medida olisqueamos la manufactura según nos vendan su concepto y su imagen. Y dependiendo precisamente de cómo le vendan la moto, al subconsciente del consumidor moderno le harán falta dos, o tres, o cinco, o nueve visiones para caer víctima del concepto, primero, y del producto, después: ese número de veces medirá la eficacia del diseño.
Vendedores irredentos de ideas más que de cosas, fabricantes de indefinibles cadenas de montaje que convierten en tangible lo intangible, los diseñadores gráficos y los diseñadores industriales vienen a ser un poco el eslabón perdido entre el artista y el periodista. "Todo lo que hacemos es relacionarnos con nuestro entorno", apuntilla Alberto Corazón, "y esa es una relación que se expresa a través de los objetos y los símbolos, y precisamente de eso se ocupa el diseño, de todo el repertorio de objetos y de símbolos… que es a lo que siempre se ha llamado cultura. El diseño puede considerarse como la herramienta que tenemos para relacionarnos con ese entorno".
Y hablando de las fronteras inviolables entre arte y diseño: Alberto Corazón recur



